miércoles, 16 de septiembre de 2009

Nada por la patria. (30)



El coche que nos precede, un Ford Escort, lleva al lado de la matrícula una bandera portada por Snoopy, el famoso perro de Schulz. Es una bandera de franjas horizontales. Los colores son el amarillo y el rojo. Pero las barras rojas no son cuatro sino dos, una arriba y otra abajo. Y barra amarilla hay sólo una, en el centro, de doble altura que las rojas. Se trata, en fin, sin lugar a dudas de la bandera española.
"Mejor nos desviamos en la próxima esquina -dice mi amigo mientras observa a los cuatro ocupantes del vehículo-, porque con los fachas nunca se sabe." "¿Y cómo sabes tú que son los fachas?", me decido a preguntar, aunque adivino la respuesta. "Esa bandera sólo la llevan los fachas", dice mi amigo. "Espera -intervengo de nuevo-, voy a fijarme en si el escudo es el franquista o el constitucional." Pero mi amigo ya ha girado, por supuesto a la izquierda, el Escort se ha perdido de vista y la comprobación es imposible. Tampoco importa mucho. En una enseña diminuta, a primera vista y a cierta distancia, es difícil distinguir las pequeñas diferencias entre un escudo y otro. Lo que salta a la vista es que es la bandera española. Y lo cierto es que, por lo menos en Catalunya, la bandera española en el culo de un coche suele dar más miedo.
Los norteamericanos se ponen las barras y estrellas como uniforme deportivo, los ingleses se desayunan con té y con la bandera inglesa impresa en el tazón, los franceses se atiborran de azul, blanco y rojo hasta la náusea. Cualquiera de esas cosas sería aquí inimaginable, porque la bandera antes llamada rojigualda produce, por lo menos en Catalunya, temor.
Puede que en algunos casos ese temor resulte injustificable, puede que no todos los que llevan la bandera española en Catalunya sean fachas. Pero lo cierto es que esa bandera -con el escudo antiguo, eso sí- es la que venden en el puestecillo de gadgets fascistas de la plaza de Catalunya o en el de Aragón esquina con el paseo de Gracia; lo cierto es que esa bandera -con el escudo antiguo, eso sí- es la que exhiben con aire provocativo los jovencitos fachas en la solapa de la chaqueta o en la pechera de la camisa, es la que ondea en las concentraciones de la ultraderecha.
Tal vez Santiago Carrillo y más tarde Felipe González no sospechaban, al aceptar la bandera roja y amarilla, que esto ocurriría. Pero, por lo menos en Catalunya, esto es lo que ha ocurrido.

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