martes, 15 de diciembre de 2009

Una de matones


Jesús Royo en La Voz Libre.

Toda esta operación obscena que ha emprendido el nacionalismo catalán, toda esta bronca con la intención de presionar al Tribunal Constitucional, toda esta ola de editoriales, adhesiones, movimientos cívicos, hasta de cartas pastorales es, por decirlo con una palabra, pringosa. Se cargarán el Estado de Derecho, impondrán una interpretación de la Constitución que está en el borde de la legalidad, o en el borde por la parte de fuera, en frase genial de los tiempos del GAL, pero se habrán salido con la suya: forzar la realidad a su favor, dar una vuelta de tuerca para acercarse a su objetivo final, que no sé si será la independencia, pero sí sé que es lo que ya está siendo: la hegemonía social, la ventaja en el reparto del poder y del dinero, el puro privilegio de casta.

¿Qué hace todo un gobierno, el de la Generalitat, amenazando con que si no se reconoce que el Estatuto es constitucional se armará la de 'Dios es Cristo'? ¿No hay nadie que detenga esta marea reaccionaria, o al menos, no hay nadie que diga que es reaccionaria?, ¿ni que hay nada más triste que un juez comprado o acongojado, que no hay nada más digno que un juez imparcial, que no hay nada más excelso que aceptar una sentencia incluso contra tus intereses? ¿Quién está alentando el desprestigio de la institución central del Estado? ¿Se trata de gente antisistema, ácratas que buscan la destrucción del Estado? No: son nacionalistas, gente con un pie dentro y otro fuera, que respetan el Estado mientras les sirva a sus intereses, pero no dudan en cargárselo cuando no es así. Podríamos llamarles anarco-nacionalistas, pero el anarquismo me merece un respeto que me hace llamarles directamente matones.

Es el matonismo como método, tan caro al nacionalismo en general, y al fascismo en particular -doy por supuesto lo evidente: que el fascismo es una especie dentro del género nacionalismo-. Se trata de hacer ruido para evocar algo parecido a la unanimidad, estimular la bronca y el 'a por ellos' para provocar el miedo en el discrepante. Para eso, nada más eficaz que evocar una dignidad ofendida. Cuanto más digna y más ofendida, mejor. Más coartada para la bronca.

¿Por qué el matonismo, tan basto y antidemocrático, tan impresentable a los ojos del nacionalismo, resulta plausible? ¿Por qué son escasos los nacionalistas que antepongan la corrección democrática a su pasión nacional? ¿Por qué prefieren ganar, aunque sea haciendo trampa, a perder con juego limpio? Se me ocurre una razón: para ellos la nación es algo previo y absoluto y, por lo tanto, el juego democrático es sólo un camino. Así quedan justificados todos los atajos.

Los nacionalismos españoles -el español y los 'periféricos'- en el siglo XX han aprendido -¡por fin!- que el mejor camino es la democracia. El nacionalismo español, el del imperio hacia Dios, el de los cuarenta años de victoria, acabó en el ridículo más espantoso, con el culo al aire de los aires de la Historia. Los periféricos, que en su momento también tontearon con lo fascista y lo nazi, que tienen unas raíces negras de racismo y de superioridad étnica, en la dictadura aprendieron la dura lección de que la democracia es el único marco posible. Pero eso no quita que, para ellos, el marco democrático sea sólo instrumental. Ellos se deben a la Patria por encima de todo. La Patria, dicen, es anterior al Estado. Por eso, ya les va bien esa zona de penumbra donde, con tal de sacar tajada, se da por bueno el codazo, el ventajismo, la carrerilla, el 'pez al cuévano', el saltarse la cola -concierto económico-, el afrontar un juicio mientras las masas vociferan en la calle -banca catalana-, el chantaje del Majestic -Ley del catalán-.

Ahora toca la bronca al Tribunal Constitucional. Y para salirse con la suya no reparan en menudencias como la inviolabilidad de los tribunales, la división de poderes y el Estado de Derecho. Se están echando en falta más voces constitucionalistas, incluso las voces de los nacionalistas honestamente demócratas, que crean que la teórica ventaja del Estatut no vale la pena si el precio a pagar es una pérdida democrática.

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