miércoles, 20 de julio de 2011

Una Generalitat más generosa


Lo regentaba entonces el Patronato Escolar de la Generalitat, que era una institución magnífica. Te regalaban las libretas, los lapiceros, las plumilllas, la fe en ti mismo. Puestos a regalar, te regalaban la esperanza. Los maestros, de inmaculada bata blanca, eran de un mármol tal que los niños pobres no habían pisado nunca.
Consciente la Generalitat de que Barcelona es una ciudad bilingüe, ofrecían enseñanza gratuita en castellano o en catalán. A mamá se lo preguntaron cuando me llevó allí, sujeto de la mano.
-¿Castellano o catalán?
-Catalán -pidió mamá-, porque el castellano ya lo habla en casa.
De modo que yo aprendí a escribir en catalán, también seguramente pobre, de no haber existido los cuarenta años de franquismo. Hoy día hay aún -instituciones incluidas- quien me acusa de eso, de escribir en castellano. En el nombre de Dios... ¿se dan cuenta de lo que dicen? Yo escribo correctamente en catalán, y hasta he publicado en mi lengua artículos y algún libro de derecho, pero para la novela eso no basta. La novela exige la palabra exacta, la palabra sentimental, y si puedes, la palabra mágica. Y eso se aprende a los catorce años, con la primera poesía, el primer libro de aventuras, la primera niña que te hizo creer en el amor. Y yo lo mamé en castellano, una lengua noble y ancha. Lo volvería a mamar otra vez, porque un escritor es para siempre la lengua de sus quince años, construida con los gritos de los maestros y los susurros de los poetas.
Que nadie me culpe. Y que alguien recuerde que, antes de la Generalitat de hoy, hubo una Generalitat más generosa.


HIstoria de mis calles, FRANCISCO GONZÁLEZ LEDESMA

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