jueves, 29 de abril de 2010

Catalán en los años 60


La carta de una lectora de El Periódico de Catalunya.


Felicito a una de las escritoras catalanas más importantes, Mercedes Salisachs, por atreverse a decir la verdad, por declarar que el catalán no estuvo tan prohibido por el franquismo como nos dicen. La realidad la recordamos muchos. En los años 60 había radios, libros, espectáculos, música y teatro en catalán. Había comercios rotulados solo en catalán. Ahora, si rotulas solo en castellano, te inspeccionan y te multan.
Y la ley de educación prevé en sus artículos 14 y 17 la enseñanza del catalán en la escuela. Muchos de mi generación estudiamos más horas en catalán con Franco que ahora nuestros hijos y nietos estudian en castellano. Los nacionalistas han creado una leyenda negra lingüística de esa época que poco tiene que ver con la realidad.


Vicenta Arnau
Barcelona

lunes, 26 de abril de 2010

Catalunya después de ETA

Jorge M. Reverte en El Periódico de Catalunya.

No se puede comparar ningún movimiento nacionalista catalán con ETA, salvo aquel amago que venturosamente se encargó de liquidar Jordi Pujol, que se llamaba Terra Lliure. Pero es pertinente hablar de algunas cosas, ahora que se vislumbra el final de la organización terrorista: quizá no su final definitivo, sino su final en el sentido de que la política vasca ya no va a estar definida en relación con la actividad de los bandoleros. La idea me surge después de haber leído un espléndido artículo de Joseba Arregui que es, para quienes no lo sepan, uno de los mejores analistas del fenómeno de la violencia nacionalista en Euskadi.

¿Por qué hablar de Catalunya? Yo creo que la razón es sencilla: hemos estado años hablando del nacionalismo influidos por la existencia de la banda, y dejando que el listón de las exigencias democráticas bajara hasta niveles en algún momento insoportables.
Sigamos por un momento en el País Vasco: numerosas intervenciones de Xabier Arzalluz habrían sido imposibles de digerir en una situación distinta a la que vivimos durante los momentos más brillantes de la acción de ETA. Arzalluz era sostenible porque él no mandaba matar y porque, a buen seguro, no estaba a favor de que se matara. Pero eso no habría bastado, en circunstancias distintas, para soportar su discurso xenófobo, etnicista y cercano a la ideología nazi.
El asunto es que, igual que con Arzalluz, nos hemos ido tragando todos, con soberana serenidad, otros discursos que tienen mucho que ver con lo mismo. Y ahora, con las próximas convocatorias electorales, se van a establecer alianzas que exigen definiciones.
Desde luego que no me refiero a CiU, que es un partido, o suma de partidos, que tiene por base ideológica algo que no comparto en absoluto, pero que respeto. Son gentes que están en la democracia y que, con raras excepciones, no incurren en discursos fascistoides. Unos son independentistas y otros autonomistas, pero todos ellos me permitirían vivir en Catalunya aunque discrepe de sus objetivos.
Pero no me parece sensato que se sostenga una actitud de comprensión o tolerancia, o como queramos llamarlo, ante el discurso, no demasiado violento (tan no violento como el del PNV radical), pero excluyente, que empapa muchas de las actitudes de militantes de otras formaciones.
Porque lo que hasta ahora nos ha permitido a muchos aguantar ese discurso es que no tuviera derivaciones armadas, o demasiado violentas.

La vida diaria en Catalunya está marcada por una soterrada tensión que se basa en una idea de la política influida por las concepciones de un ambiente político que pretende llegar a los faldones de Convergència, a veces con éxito, y que consisten esencialmente en un rechazo de los otros, de los llamados españoles. En algunos casos se trata de estupideces aparentes, como la exitosa liquidación del toro de Osborne de los solares patrios.
En otros casos, se trata de algo más serio: la erradicación de las aulas de algunas universidades de cualquier atisbo de españolismo, que incluye tildar de fascista a gente como Fernando Savater, Jon Juaristi, Arcadi Espada o Rosa Díez.

En alguna universidad de Catalunya no puede hablar, sin llevar protección, un demócrata que se la juega todos los días como Antonio Basagoiti, pero sí puede hacerlo, envuelto en mimos y aplausos, un colaborador de los asesinos como Arnaldo Otegi. Parece una provocación que inaugure las fiestas de la Mercè la escritora Elvira Lindo, y ha sido muy costoso que se invitara a hacerlo a Jaume Sisa.
Lo grave no es que haya un ámbito social desde cuyas filas se propicie, más o menos abiertamente, semejante cosa (que es grave), sino que su discurso se convierta en un discurso que otras formaciones de claro origen democrático asumen de forma pasiva, para no quedarse a la retaguardia del progresismo nacional.
Y se producen hechos tan absurdos como el que la gestión de un aeropuerto lleve a una discusión identitaria, desplazando su carácter democrático o administrativo. Con la más que razonable demanda sobre las balanzas fiscales ha pasado lo mismo.

La desaparición política de ETA nos va a complicar la vida, entre otras cosas porque, como señala Joseba Arregi, hay que gestionar no solo su último papel, sino todo lo que ha significado durante muchos años. Pero nos la va a simplificar en otros terrenos, como, por ejemplo, el de poner a muchos en su sitio. A los que no han optado por la violencia extrema, pero practican cada día un discurso xenófobo que se soporta solo porque no pregona la muerte de los otros; que se conforma con que vayan al destierro o callen una de sus lenguas.
Tropelías como la de la piadosa gestión con ETA para que no matara en Catalunya han pasado como si tal cosa, como si no significaran el rechazo a los otros que está en los catálogos de la Europa de la posguerra, la que tomó conciencia de sí misma después de los campos de exterminio.

viernes, 23 de abril de 2010

¿Y si el mal fuera el catalanismo?

Antonio Robles en Libertad Digital.

¿Por qué todo es tan previsible? El catalanismo ha llamado a arrebato. Ya sabe que el actual Tribunal Constitucional no legitimará al actual Estatuto. En su interpretación más benévola, 14 artículos eran rechazados y 25 interpretados. Y aún así, la ponencia fue rechazada.

Los catalanistas han tomado nota, cualquier otra sentencia será peor. Y como un mal perdedor, recurren a una vieja treta antidemocrática: desautorizar al tribunal cuando el resultado se prevé inevitablemente adverso. En el trapicheo esperan alcanzar dos ventajas: lograr imponer magistrados de su cuerda después de desacreditar a los actuales, y ganar tiempo, sobre todo ganar tiempo. En el primer caso, caen en la misma deslealtad que critican. En el segundo, pretenden consolidar por acumulación de tiempo lo que previsiblemente la legalidad constitucional no le garantizará.

El primer amago para deslegitimar al Tribunal Constitucional lo lanzó Artur Mas a la prensa en el 2008 con motivo de un revuelo mediático en el que se lanzó el temor a una sentencia adversa contra el estatuto. Poco a poco se fueron sumando a la descalificación el resto del catalanismo. Cada uno con su partitura particular, pero todos con el mismo guión. Hasta completar una desvergonzada rebelión contra las instituciones constitucionales. O sea, contra España, que de eso se trata.

El fracaso de la historia de España como nación democrática ha llegado siempre de la falta de respeto a las normas legalmente establecidas. Las asonadas militares pudieran parecer las máximas culpables, pero hay otras no menos perniciosas que siempre las precedieron. Todas nacidas de la escasa cultura democrática española, como el nulo respeto por las normas establecidas y la falta de tolerancia ante la derrota. Este es un caso diáfano. Rompo la baraja porque la partida arruina mis expectativas.

No lo duden, la nueva puesta en escena del catalanismo, de todo el catalanismo (el mediático, el cultural, el religioso, el político y el deportivo) será la cruzada contra la legitimidad de los diez magistrados. Reuniones, pactos, manifiestos, editoriales conjuntos, aquelarres teatrales en el Parlamento, amenazas y chantajes, un enjambre de articulistas, cantautores y oenegés liderados por el Dret a Decidir y mucha TV3 y más radio, incluso un mosaico en las gradas del Camp Nou para plasmar en colores lo que la realidad les niega. Las vísceras de la nación contra los derechos cívicos de los catalanes. O sea, albañiles, camioneros, asistentas y cajeras, maestras, fontaneros, cocineros, vendedores, enfermeras, camareros... ¡ay!, ese 64 % de catalanes que ni votaron el tuneado del estatuto, ni llorarán su baño de realidad. Todo precedido de duras descalificaciones, la última del mismísimo expresidente Jordi Pujol: el TC "no merece ni confianza ni respeto". Y el actual, José Montilla, dispuesto a minar su credibilidad a través de una declaración solemne del Parlamento de Cataluña. Diagnosticado el resultado, es urgente dar argumentos a los ciudadanos de Cataluña para justificar el desacato masivo a la futura sentencia. Y a seguir viviendo del negocio nacional. De momento ya ha llegado a pactar los siguientes disparates con Artur Mas: recusar a los magistrados que hayan excedido su mandato, declarar que el Constitucional se declare incompetente para juzgar el Estatuto e impedir que pueda juzgar cualquier Estatuto aprobado en referéndum. Ni tienen vergüenza, ni respetan las reglas democráticas más elementales. Con una irresponsabilidad difícil de catalogar, minan el prestigio de las instituciones que les garantizan la legitimidad de sus cargos. Por ese camino los nacionalistas saben dónde quieren llegar, pero Montilla y el PSC sólo huyen de la quema sin darse cuenta que cuando tengan la necesidad de volver la vista atrás, habrá desaparecido el camino.

En estos últimos años, se ha contrapuesto la legitimidad y la moderación del catalanismo a los excesos del nacionalismo y el independentismo. Pero ha sido el catalanismo quien los ha engendrado y quien ha otorgado privilegios a unos catalanes y nos ha privado de derechos a otros. Nos hemos dado coartadas, el mal venía de los excesos nacionalistas. A salvo quedaba la voluntad cultural del catalanismo para recuperar señas de identidad y derechos arrebatados.

Es posible que nos hayamos equivocado. Habrá que empezar a preguntarse en voz alta si el mal es el propio catalanismo. Legitimado por 40 años de franquismo, olvidamos que la raíz de su doctrina es racial y profundamente integrista. Él nos ha traído hasta aquí. Él ha sido y es, hoy más que nunca, el caldo de cultivo donde han fermentado emociones en detrimento de procedimientos políticos racionales. El catalanismo es la coartada donde han sobrevivido todos los espectros reaccionarios superados por la Revolución francesa, la Ilustración y los Estados de derecho. De ahí su inclinación romántica por los derechos históricos, su prioridad por el territorio frente a los derechos individuales de los ciudadanos, la imposición de la lengua única como signo de identidad nacional, la asimetría judicial, territorial, económica y fiscal frente al bien común que la Constitución avala, el derecho a la diferencia frente a la igualdad de derechos y obligaciones de todos los españoles. De ahí su obsesión por remarcar y crear diferencias en lugar de buscar empatías. Al final, la filosofía de fondo nos deja una atmósfera reaccionaria y antigua, tramposamente presentada con fórmulas de rebeldía y libertad nacional. Una modorra de la que hemos de despertar.

Ese caldo de cultivo es de naturaleza emocional; legítima, sin lugar a dudas, pero como todo lo sentimental, nunca debiera haber excedido el derecho individual a sentirla y vivirla como mejor convenga a cada cual. Jamás debiera haber sido instrumentalizada con el fin de convertirla en materia jurídica y política. Y menos aún para fundamentar esencias nacionales, y de ellas extraer las justificaciones para excluir al resto de catalanes por querer vivir su catalanidad bajo los principios de la ciudadanía constitucional.

Quien tenga valor para plantearlo así, se habrá de enfrentar a una sociedad altamente intoxicada, pero también habrá dado el primer paso hacia la salida del laberinto. Deberá aceptar los costes electorales de los pioneros, pero habrá hecho un servicio impagable a la igualdad de todos los españoles y al Estado.

El catalanismo tiene derecho a existir, pero ninguno a excluir al resto de catalanes de su ciudadanía y de su catalanidad. El catalanismo no es la esencia de Cataluña, sino su parte integrista. El catalanismo ha de democratizarse, dejar su esencia sentimental y aceptar las reglas del liberalismo político, como la tolerancia y el pluralismo cultural, ha de aprender a incluir, no a excluir para ser. Por eso es preciso plantarse, hacerle un pulso democrático sin temor a ser considerado anticatalán: muy al contrario, ese será el primer paso para recuperar el orgullo de ser catalanes sin tener que ir por la vida humillando o siendo humillados.

Desenmascarar su naturaleza antiliberal, no será sencillo. Serán necesarias altas dosis de pedagogía y salvar de su desvarío los legítimos derechos culturales y lingüísticos que ha secuestrado para abrir zanjas entre unos catalanes y otros y entre unos catalanes y el resto de españoles. No será fácil separar, hacer comprender a todos los que de buena fe creen ver en él el instrumento para defender con eficacia la lengua y cultura propias, que esos y otros derechos quien los garantiza de verdad no es la quimera de una nación romántica futura, sino el Estado de Derecho que todos nos hemos dado y que garantizan las reglas constitucionales. Precisamente esas reglas que quieren romper una vez más, como vulgares españolazos.

Se acabó el tiempo de los complejos. Los gestores del catalanismo en Cataluña son una oligarquía política profundamente antidemocrática. Cuanto más pronto nos demos cuenta, antes y con menos costes devolveremos la comunidad autónoma de Cataluña a todos los catalanes. Por eso, los catalanes hemos de hacer un pulso democrático al catalanismo. Empezando por denunciar el golpe institucional contra el Tribunal Constitucional.

lunes, 5 de abril de 2010

La Catalunya triste y malhumorada del PSC

No nos dejemos engañar por una libertad de voto que en realidad es un No a los toros en Catalunya. El PSC es una maquinaria electoral perfectamente engrasada, ganan votos de un lado y de otro, pero no nos dejemos engañar. El PSC va por las casas regionales, por las peñas taurinas, por la Feria de Abril vendiendo motos. En realidad el PSC quiere una Catalunya triste, malhumorada, gritona y maleducada...Una Catalunya donde las libertades individuales no existen.
Los diputados del PSC que son taurinos, como mi paisano David Pérez, deberán salir de Catalunya para seguir disfrutando de su afición, ahora entenderán a todos los catalanes que han tenido que huir para que sus hijos sean educados en castellano.



jueves, 1 de abril de 2010

Catalanes y españoles de mierda.


Recientemente en el programa de Tele 5 "La Noria", su presentador Jordi González explicó que durante la negociación del Estatut en Madrid la gente le decía catalán de mierda. Entiendo que cuando dice "la gente" se refiere a algún energúmeno, no a la "gente" en general, aunque le entiendo... Siento que Jordi haya sufrido esos insultos inmerecidos en un momento determinado pero yo le puedo explicar que durante la campaña del Estatut cuando estaba en Ciutadans de Catalunya, después en Ciutadans y ahora que aún recuerdan que he estado en Ciutadans, los insultos de "Español de mierda" son constantes.
Doy la razón a Jordi González cuando afirma: "que te llamen catalán no es un insulto, es un honor". Y añado que te llamen español, también.

martes, 30 de marzo de 2010

Petrolingüismo o cosa de rocas.

La opinión de José Domingo.

En el año 2011 se elaborará el censo de población y viviendas que realiza cada diez años el Instituto Nacional de Estadística. El carácter exhaustivo del censo permite que los datos obtenidos no estén sujetos a limitaciones derivadas de la probabilidad estadística como en las encuestas o estudios de muestreo. Por eso, el censo es el instrumento adecuado para conocer, entre otras variables, la realidad sociolingüística en un territorio y las Naciones Unidas recomiendan la inclusión en los cuestionarios de preguntas sobre la lengua de identificación de la población (lengua materna, lengua propia y lengua habitual).

En este mismo orden de factores, la Ley de Política Lingüística obliga a la Generalitat a elaborar un mapa sociolingüístico de Cataluña que debe ser revisado cada cinco años. Un mapa sociolingüístico consiste en identificar los idiomas y las habilidades lingüísticas (comprensión, habla, lectura y escritura) de los residentes en una determinada zona.

Si siempre es trascendental conocer estos datos, ahora es más conveniente que nunca debido a los importantes cambios demográficos acontecidos por el fenómeno migratorio en Cataluña, y los efectos de la inmersión lingüística en la educación. Sin embargo, los grupos del tripartito y CiU se han opuesto recientemente en el Parlamento de Cataluña a la inclusión de preguntas de contenido lingïuístico en el censo; consideran que con la encuesta de usos lingüísticos es suficiente (la última se celebró en el año 2007 sobre una muestra de poco más de 7100 personas), y fundamentan su negativa en su elevado coste.

Es evidente que el nacionalismo catalán no tiene interés en fotografiar ni los idiomas ni las habilidades lingüísticas de los residentes en Cataluña porque el concepto de “lengua propia del territorio” es su único referente. Estamos, por lo tanto, ante una concepción geológica de la lengua catalana que pasa por encima de los derechos lingüísticos de las personas, es la lengua el sujeto de los derechos, no los ciudadanos. Así lo argumentó la diputada de ERC, María Mercè Roca, en el debate parlamentario: “…moltes persones que viuen a Catalunya tenen com a llengua primera o llengua pròpia, o llengua familiar, el castellà, i és veritat; i moltes persones, també, que viuen a Catalunya, tenen com a llengua primera l’àrab, o moltes d’altres. Però no parlem d’això, parlem del català com a llengua que s’ha format al mateix temps que s’ha format el territori. No és cap troballa ni és cap invent d’ara mateix, la llengua catalana ha nascut aquí i s’ha anat configurant en un país que s’ha configura alhora amb la llengua. Li ho repeteixo: podran haver-hi milions de persones a casa nostra que tinguin com a llengua primera o familiar qualsevol dels centenars de llengües que es parlen avui dia aquí, però només el català és la llengua és la llengua pròpia, només el català és la llengua territorial de Catalunya.”

Es decir, el hecho de que el castellano pudiera ser sociológicamente la lengua de la mayoría de los catalanes no constituye ninguna fuente de derechos para los ciudadanos que la hablan, puesto que en Cataluña lo trascendental es la lengua petrea, es decir, la conformada por el territorio. Después de analizar las clarificadoras palabras de la diputada Roca, habrá que revisar conceptos. Lo sustancial no es la sociolingüística, que es la disciplina que se ocupa de las relaciones entre lengua y sociedad, sino la petrolingüística porque lo fundamental es el análisis de las propiedades químicas, minerológicas, físicas y cronológicas de la lengua catalana con el territorio en el que se formó. Ya ven, la cuestión de la lengua a la que tantas y tantas páginas se le han dedicado es sólo una cosa de rocas.

sábado, 27 de marzo de 2010

Somos carísimos

Arcadi Espada en El Mundo.


Un lema de la derecha al principio de la transición: «Las autonomías son caras.» Era insidioso. Se le daba un respuesta doble. Primero irónica: «Sí, lo realmente barato es la dictadura». La otra aventuraba un contraataque concienzudo: «La gestión más próxima de los servicios abaratará su coste». Esto último era la aplicación del principio de subsidiariedad: entre las instituciones que puedan gestionar una competencia debe elegirse la más próxima al ciudadano. Treinta años después tiembla la infalibilidad de ese principio. No parece indiscutible la libertad con que los ayuntamientos turísticos han gestionado su suelo; tampoco que los gobiernos autonómicos deban tener la última palabra en la fijación de los contenidos educativos; que una policía con sede autonómica sea más eficaz que otra con sede en la capital del Estado; ni siquiera que la subsidiariedad pueda aplicarse sin traumas en leyes como la de Dependencia.
Nadie puede dudar, en cambio, del gran éxito político-sentimental de las autonomías españolas. Cualquier región ha hecho de su identidad un asunto prioritario. Esto ha complacido al pueblo: de pronto les pareció más importante y agradable ser gallego o canario que español, y se pusieron. No ha salido gratis. Todo el que ha criado sabe que el Ser cuesta mucho dinero. Puede que haya dado de vivir a diseñadores, publicistas, filósofos y cocineros: lo discutible es si la inversión ha sido rentable al margen de la sentimentalidad satisfecha. Es decir, si el Ser es una empresa rentable, competitiva, más allá del circuito cerrado de la subvención pública. Hemos formado especialistas en el Ser; pero no es fácil saber dónde vamos a venderlos.
La televisión es un buen ejemplo. En Cataluña operan cuatro canales de televisión pública y yo qué sé cuántas radios. ¿Hay algún otro caso similar en el mundo? La solución, además, es dificilísima. No parece probable que la televisión pública española desaparezca. Pero tampoco la autonómica, desde luego. El ser catalán ha sido gracias a ella. Todo el mundo (¡hasta Felipe González!) sabe que España ha vivido por encima de sus posibilidades. Bien: ahora que lo sabemos podemos precisar un poco: ¿Cataluña da para tener cuatro canales públicos? La ministra Salgado acaba de pedir 10.000 millones de ahorro a las 17 autonomías. Bien está. ¿Qué le pasa a esa cifra cuando se pone en contacto con algunas cifras catalanas? ¿Con los 335 millones que la Generalitat gastará en sus medios en 2010? ¿O con los 31 de la publicidad institucional, es decir, gastados en el Ser tripartito? Probablemente para reducir el déficit haya que tocar el gasto social ¿Pero en qué proporción exactamente?
Es evidente: España no puede pagar su problema.

lunes, 22 de marzo de 2010

Jactancia

Sabino Méndez en La Razón.
Al pasarme la vida en el AVE, he tenido la oportunidad de asistir en directo a cómo se recibía en mi Barcelona natal la noticia de que Madrid la ha superado por primera vez en producto interior bruto. El izquierdismo decorativo que por allí se practica se ha quedado con el ánimo a la altura de los calcetines. El catalanista medio, criado en la delirante creencia de Pujol sobre que a Cataluña le corresponde una posición de preeminencia cultural, política y económica sobre el resto de España porque somos más cultos y más listos, vaga por las calles con un estupor letárgico. Tal absurda idea, sobreentendida día a día durante casi tres décadas, había ido ganando empuje y velocidad en el pujolismo como si fuera una gran ronda ciclista por etapas. Pero, en un plano un poco más terrestre, resulta que, finalmente, en el resto de España también había gente que trabajaba y pensaba y, bien mirado, a no ser que no fuéramos algo racistas, no había motivos para pensar que siempre iban a ir por detrás en la lista. Ahora, a ese lamentable nacionalismo de indocumentados sólo le queda la posibilidad de esgrimir supuestas conjuras contra ellos, sea Endesa o Madrid el inventado culpable.

La jactancia nacionalista es un tipo de jactancia colectiva. Es una jactancia que perjudica a la propia colectividad en la medida que no le permite medir el valor real de sus propias fuerzas. Es un convencimiento íntimo, sin fundamento sólidamente comprobado, sobre la superioridad de la propia valía que hace embarcarse en proyectos inservibles, dilapidadores o que niegan la realidad cotidiana. Cualquier nacionalismo es una empresa narcisista, y el narcisismo siempre está condenado a la desilusión porque no se puede tener éxito ignorando que las gentes quieren ser cosas muy diferentes a nosotros.

Independientemente de lo que cada uno quiera ser, lo claro es que, por encima de todo, las personas nunca querrán ser forzadas a ser nada que ellas no quieran.

sábado, 20 de marzo de 2010

Banderas al viento.

Jesús Royo en La Voz LIbre.

Barcelona es una ciudad de banderas al viento. "Al vent, de cara al vent", que decía Raimon. "Al sol, de cara al sol", respondían los falangistas, otros enamorados del ondear de las banderas, aunque les añadían botas y correajes. Barcelona fue un mar de banderas -y perdonen el tópico- en el 31, cuando Maciá proclamó el Estat Català dentro de la República Española desde el Palau de la Diputación. Lo fue el 36, en la Olimpíada Popular; el 53, en el Congreso Eucarístico, y en las 'manis' de la Transición. Unamuno se reía de nosotros en su poema 'L'aplec de la protesta', porque "seréis siempre unos niños: os ahoga la estética". Pero en las convocatorias abertzales hay más banderas que personas. Y Aznar tampoco se quedó corto con su 'peasobandera' en la plaza ésa de Madrid. Ahora en Cataluña, ya te encuentras la señera en el 'pastís de la Diada', en la 'pizza catalana', en las pegatina de 'felicitats' y en el lacito de los ramos de flores. Tanto banderamen ya carga, la verdad. Pero bueno, mientras sea así, es inofensivo, y "hay gente pa tó", que dijo el torero cuando le presentaron al filósofo.

Pero quiero comentar hoy las dos 'manis', la de Madrid y la de Barcelona, de los sindicatos contra la 'propuestaza' -nunca decretazo, dijo Zapatero- de la jubilación a los 67 años. En Madrid había pocas banderas, las de los convocantes y alguna bandera roja. Pero ninguna bandera española: y si hubiera habido alguna, hubiera sido la tricolor republicana, con su faja morada. En Barcelona, en cambio, en la misma 'mani', banderas a mogollón, algunas rojas, pero la mayor parte banderas catalanas, con las cuatro barras. Ni una bandera española. De Europa, tampoco. En los congresos del PSC, la cuatribarrada está en todas partes, pero la rojigualda recibe un estruendoso silencio. ¿No es hora ya de revisar las preferencias banderiles de la izquierda?

La gente de izquierdas le tiene -le tenemos- una prevención a la bandera bicolor, la rojigualda. La aceptamos porque lo dice la Constitución, como un deber, como la corbata en el trabajo: pero nada más. ¿Por qué? Son heridas que vienen aún de la guerra civil. Se la identifica con el bando nacionalista: era la bandera de los sublevados. Pero eso no es cierto: Franco la usó para encubrir su delito de rebelión y con eso la ofendió más que nadie. El golpe franquista se dio con la bandera republicana, y fue la bandera rebelde durante mes y medio: cuando vieron que el golpe había fracasado y se transformaba en guerra civil, los sublevados adoptaron la bicolor para congraciarse a los monárquicos. En realidad, la bandera española tiene un origen modesto y funcionarial: a medida que se implantaba el Estado unitario -siglo XVIII-, y ante la necesidad de un emblema distintivo del Estado, Carlos III, mediante concurso, adoptó la bandera actual, que recordaba a la de Nápoles, de donde él mismo provenía, la cual a su vez reflejaba las cuatro barras de Aragón. Era sólo bandera de la marina: hasta mediado el siglo XIX no fue adoptada como bandera del Estado por Isabel II. Fue también la bandera de la I República, 'la Gloriosa'. La II República cambió una franja roja por morada, no sé bien por qué, quizá por ser el color del gorro frigio -la barretina- de la Revolución francesa. O sea que la 'rojigualda', ni es facha, ni es monárquica: es sencillamente la bandera del Estado, fruto de una decisión ordenancista sin mayor relieve. Así lo vieron Carrillo y Felipe, que no dudaron en aceptarla como la bandera constitucional.

A partir de ahí, la gente de izquierdas hace mal en alimentar viejos prejuicios. La bandera rojigualda es la bandera constitucional, la de las libertades, la del pueblo soberano. Y tiene la ventaja de no tener tras de sí, ni hechos mitológicos -como las cuatro barras de sangre del escudo del conde Wifredo-, ni representar a ninguna etnia, casta o religión. Es como un logotipo, una marca de empresa, fruto de un acuerdo sosegado y trivial. Las 'ikurriñas' y las 'señeras' tienen parte de su fuerza en que fueron reprimidas por el Franquismo. Pero eso queda ya lejos. En su contra, representan valores étnicos más bien turbios, de poca calidad democrática. En principio, las izquierdas deberíamos ser poco amigos de banderas. Pero si hay que sacarlas, tendríamos que estar más a gusto con la 'rojigualda', que con las banderas autonómicas. No hay que dejarle la bandera a las derechas, a los del toro Osborne y a los antiaborto. Para el PSC propongo un acuerdo salomónico: a partes iguales, tantas catalanas como españolas. Y aún mejor, reparto a tres, con las europeas

sábado, 13 de marzo de 2010

jueves, 11 de marzo de 2010

El Parlament era una feria

Jesús Royo en La Voz Libre.
El espectáculo que nos da el Parlament de Cataluña es sencillamente magnífico. Lejos de los debates sin sustancia de los políticos, que se repiten más que 'Verano Azul'. Es una polémica más sobre la tauromaquia, de si es tolerable o no, de si es arte o no, de si es un patrimonio a conservar o una barbaridad a erradicar. Este debate del Parlament tiene sus características propias, y quizá las más evidentes son las que no se dicen. Lo que no se dice, pero lo domina todo -y todo lo corrompe- es que es una fiesta española: luego, no es catalana. Pero señores, los toros son tan catalanes como Sant Jordi, quien mató a la fiera para liberar a la dama, como un torero a su maja. La palabra faena es un catalanismo, ¿lo sabían? Este tema es puro prejuicio, y no vamos a perder ni un minuto en ello.

Que los toros son arte, no hay lugar a dudas. Y no sólo arte, sino fiesta y ritual, o sea puesta en escena de una serie de valores sociales relacionados con la sociedad agraria: el ciclo de la vida, la sangre necesaria, la fundación de la ciudad. Que son crueles, también es una evidencia; hay sangre, gemidos, agonía. Y que son de alto riesgo, también está claro: todos los toreros llevan en su piel el mapa de sus percances. Las opiniones que niegan que los toros sean arte -'sólo tortura'-, que sean crueles -'el toro no sufre'- y que sean arriesgados -'todo es comedia'- son posturas insostenibles, y también me las voy a saltar.

El debate interesante es sobre la crueldad, si es tolerable o no. Hay quien dice que no, absolutamente. Lo cruel es inhumano, y si de ello se hace un espectáculo, entonces ya es degradante. Tenemos un deber de solidaridad con los animales, que nos impide hacerles sufrir para obtener un placer prescindible, como es el estético. Puede que los toros sean arte, igual que hay arte en una película de criminales, pero sería inmoral llevar a cabo un asesinato para filmar una película. Ésa es, en síntesis, la posición de los antitaurinos. Proponen la abolición de los toros por motivos éticos, por la dignidad de la especie humana: el día que se logre será un día memorable.

Otros, entre los que me cuento, creemos que la crueldad en los toros sí está justificada. Hay que situarla junto a otras crueldades con seres vivos, que quizá no advertimos: el exterminio de animales y plantas competidores -plagas-, la explotación o modificación genética de especies útiles, la experimentación científica, la caza y la pesca, la cocina. La crueldad está en todas las facetas de la vida. Para alimentarnos debemos matar siempre, sean animales o vegetales: todo lo que comemos, excepto el agua y la sal, antes ha estado en el cuerpo de otro ser vivo. Podemos curar nuestras enfermedades porque antes se las hemos inoculado a inocentes animales para probar fármacos en ellos. Y para gozar de un cierto nivel de confort, no dudamos en diseminar venenos químicos en poblaciones de moscas, cucarachas y ratas. Por cierto, las ratas son parientes nuestros mucho más cercanos que los toros. Pues bien, todas esa operaciones son mucho más crueles que la lidia del toro. ¿Lo insoportable es que se vea sangre? ¿O que sea un animal grandote? ¿O que, si se me permite el abuso, recuerde al Oso Yogui? En el repudio a la crueldad a veces se advierte una visión buenista de la naturaleza, una negación de la dureza de la vida, una ignorancia deliberada de la muerte como algo cotidiano.

Si la crueldad es justificable en algunos casos, habrá que ver por qué la de los toros no. Según los abolicionistas, es crueldad gratuita, sin objeto, o sólo como espectáculo morboso. Pero entonces la carga de la prueba recae sobre ellos: ellos tienen que demostrar que la emoción de los taurinos no es artística, y que todos los espectadores son sádicos. Los taurinos, por su parte, han de justificar que el arte que se obtiene, la belleza, compensa la crueldad del proceso. Igual que el conocimiento obtenido en la experimentación científica. O el provecho culinario, o la utilidad de una siesta sin moscas, en otros procesos crueles.

Está claro que no cualquier beneficio justifica la crueldad. La crueldad sobre seres humanos es totalmente inaceptable: por eso prohibimos los castigos físicos, las mutilaciones de toda índole, los duelos, los gladiadores y la pena capital. Aún falta por prohibir la guerra, la madre de todas las crueldades. En el trato al animal, parece inaceptable la crueldad de las peleas de gallos o de perros, sólo para cruzar apuestas. Y aún discutiríamos si se justifica la hipertrofia del hígado del pato para obtener la delicia del foie.

Pero a mi entender, es difícil dudar de la nobleza de la lidia del toro bravo. Se trata de un sacrificio, heredero de los antiguos ritos de fecundación de la tierra con la sangre derramada. El toro debe morir, como todos los toros, pero en vez de ir al matadero, aprovechamos para darle a su muerte un contexto de pelea, acorde con su instinto, una lidia. No es un simulacro, no se trata de dilatar la muerte del toro para darle ocasión a que crea que se defiende. No. A cambio de la muerte del toro en lidia, el torero pone también su vida en juego. Ahí está el dramatismo, que no se trata de un ballet, sino de una realidad en crudo: los cuernos son verdaderos, como las femorales del maestro. El juego de citar al toro y burlar la embestida mediante un trapo es un acto artístico de primer orden, es la celebración primordial de la cultura: artificio frente a la naturaleza. Es una fiesta llena de símbolos: el chivo expiatorio, el crimen originario de la sociedad, el laberinto del Minotauro... Nada de bárbara: según decía García Lorca es la fiesta más culta del mundo. Quién sabe.